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Blog Alianz

El Poder De Las Palabras

No cabe duda que el ser humano a lo largo de la historia ha desarrollado muchos talentos, uno de esos es el lenguaje. ¿Qué hubiese sido de nosotros si no tuviéramos una palabra para expresar lo que sentimos o deseamos? Si en lugar de palabras fueran ademanes fáciles de mal interpretarse...y es que las palabras poco a poco fueron adquiriendo un lugar especial, no sólo por su significado, sino por su armonía y la musicalidad en nuestros oídos, hay algunas que suenan tan agradables, deliciosas, exquisitas... Las hay de todos tipos, con todas las intenciones, con toda la fuerza, con todo el poder; son como alimentos de distintos sabores en nuestro paladar, unas dulces, otras amargas, otras simples, comunes, enfermas de vacío y significado. Basta con repasarlas una a una, como quien repasa los colores de la calle queriendo extasiarse con la vida.

Y he aquí que aparecen causando sensaciones, imágenes mentales que pronto se materializan, si digo el vocablo amor por sí solo tiene el poder, no hay que agregar más, a mi mente bajan todas las evocaciones del amor, sublime demostración del tiempo de mi estadía sobre la tierra. Otra de estas palabras es su antónima: odio, es una palabra violenta, ruda, agresiva, desvergonzada. Están también las que encierran ternura: mamá, hijo, niño, cachorro... y ni que decir de las que estremecen nuestros recuerdos, esas que van horadando en ocasiones nos hacen crecer o morir en vida.

Las hay de sabores: miel, limón, salado, pastel, carne, vino.

Sonoras: música violín, guitarra, ladrido, noche, viento, Vivaldi, Manzanero...

Triste: mediocridad, muerte, abandono, mentira.

Optimistas: fe, esperanza, voluntad, mañana, muerte, risa, humor, semilla.

Las hay con más fuerza, con más significado: caridad, compromiso, solidaridad, unidad, perdón. Las evocadoras: beso, caricia, oración, lágrima, sonrisa.

A mí me gustan las palabras porque me transportan en la imaginación a donde el cuerpo no puede ir, puede mi cerebro escuchar sin que haya sonido, puede oler sin que haya aroma; porque me dan libertad infinita para crear, acoplarlas a mi antojo, satisfacer mi deseo de verlas en una interminable danza.

Ahí están apoltronándose en el papel, marchando en la pantalla de la computadora, subiendo hasta el cielo o llegando al oído de una persona lejana, repitiéndose en secreto en el músculo del corazón. Me gusta decirlas en voz baja, despacio, recorriendo cada una de sus letras como si fuesen las notas escritas en una partitura, que al juntarlas harán una canción cualquiera o una grandiosa sinfonía.

Tal vez muchas de ellas no nos expresen razones, tal vez no tengan reminiscencia alguna; pero siguen estando ahí calladas, dormidas, esperando a ser llamadas, remontando a nuestro cerebro para luego salir de la boca, como si fuesen liberadas de su encierro, de su mutismo, de su olvido. Hagamos la prueba ¿hace cuánto no utilizamos la palabra listura, adulación, ignominia, sosiego o cualquier otra? Están dormidas en el país de nunca jamás que es el diccionario. No hay nada con más poder que las palabras, porque en la manera como las digamos será la respuesta que encontraremos y que es nuestra voz y nuestra intensión las que la vuelven gigantes o pequeñas, las convierten en nuestras aliadas o enemigas, acarician o matan; las que nos hacen transmitir y disfrutar anticipadamente todo lo que aún no es; pero que puede ser.